Redención

por Denis Fortun 

El viejo lobo, sorprendido, comienza a dar vueltas y asustado se mira a la barriga. La voz chillona le resulta en extremo familiar. Sin embargo, a penas si puede percatarse del engaño, cuando una filosa hacha lo golpea fuerte, con saña, en la cabeza. 
-¡Papá, véndeme! Yo te prometo que regreso. 
La moneda se gasta y, antes que suceda, ya no alcanza. Pero él pidió partir, y si yo hubiese tratado de impedírselo, lo mismo mi pequeño lo iba a hacer. No es preciso ser grande para emprender largos viajes; además, según él, su empeño por conocer el mundo era para que mejorásemos todos. 

En el fondo, no estaba de acuerdo y me sentí sucio de alma al realizar la transacción. Cuentan los sabios que, no hay problema o miseria que el trabajo honesto no consiga resolver; al menos, eso es lo que dicen aquellos que no precisan de trabajar. Yo le enseñé a defenderse en faenas acorde a su estatura; que fuese una personita libre, como hay muchas por el mundo; y en eso, a lo mejor es donde se sienta con gusto mi culpa: esa manía maldita por la independencia, al final no nos conduce a nada si no sabemos manejar la libertad que nos trae esta y, que además, pesa mucho. 

Abierto desde la garganta hasta sus genitales, mi esposa busca afligida dentro del cuerpo sin vida del lobo. El clamor de mi niño ha cesado. Una tristeza enorme aguijonea mi alma, sucia todavía. Estalla el remordimiento. Un hijo puede ser la redención; o a veces la sorpresa anunciada en la infancia, que uno pretende ignorar, descubriendo luego que el chico se fabricó su propia historia y desenfadado un día te declara: “soy lo que tampoco será tu nieto“. Un hijo es igualmente: “Papá, si estás aquí, ya nada malo importa“. A un hijo entonces no se le da la espalda. 

-Mamá, abajo, en la cacerola. 

Rogamos por tenerlo y, si los dos no nos practicamos métodos de inseminación artificial, es porque a la fecha aún no existían. Tratamos lo mismo de adoptar a uno, pero la pobreza también es un pesado fardo. La vejez se acerca y necesitamos de nuevos brazos. Aunque apretados en casa, no le faltará nunca un plato en la mesa. Sus fuerzas, a medida de que aumenten, vendrán a darme la recompensa. Y yo fallé 

Un día ella me comentó muy feliz 

-Lo he visto en sueños. Disfrutaremos de la compañía de un chico muy especial -lo que no me dijo cuan chiquito iba a ser-. Y fui feliz en ese momento. La imprescindible descendencia finalmente parecía estar al doblar de una esquina. Lo extraño es que, su panza jamás creció. 

Una noche, sintió ella que le corría por entre las piernas un líquido viscoso, transparente. Por la dudas fue a sentarse sobre una cacerola y…, quién sino: aparecía el increíble vástago. 

Al fin mi mujer lo encuentra entre los intestinos de la bestia. Acostándolo sobre su mano derecha, ella le sopla la carita a mi pobre e inconciente criatura, prácticamente morado por la falta de aire en sus pulmoncitos. Nerviosa, le acerca su boca encima de su cuerpecito y continua soplando; es cuando veo, sin entender cómo, que accidentalmente se lo traga… 

Lo llevo al arroyo cercano. El aire puro, el agua fresca, lo hacen volver en sí definitivamente. Me sonríe. Regresa a mi mente la imagen de mi mujer suplicándome que lo salve a él. Y yo, dejándome arrastrar por la súplica, por mis ganas de redimirme, la escucho. Donde quiera que esté ahora su alma, más limpia que la mía, espero que aprueba lo que hice. Es difícil el oficio de ser padre, se aprende solo lamentablemente. 

-Papá, véndeme, a un lado los escrúpulos. 

Su madre, no hacía más que reprocharme, y con razón. 

-Las noticias no son muy alentadoras que digamos. Aseguran que hay un enano burlándose de la gente y que se reúne con tipos de baja catadura moral. Hasta le faltó al respeto a un sacerdote, que por sus locuras y bromas, el pobre hombre terminó sacrificando a una vaca ¡Dios nos coja confesados! ¡¡¡Una vaca!!! 

-Gracias, papá. Mi madre, no dudes que sabrá perdonarte. Y no dudes lo mismo en venderme otra vez. Yo siempre me las voy a agenciar para encontrar la forma de regreso. 

La intención de convertirse en mejor padre; la culpa colgando de sus hombros durante tanto; el ruego de su esposa; la redención, todo lo impulsa. Los ojos de ella se salen de sus cuencas. El horror atrapa a lo que una vez fue un bello rostro. Incrédulo, él ve sufrir a la mujer amada, a su hijo ahogándose por segunda vez, si haberse recuperado siquiera de la primera. No lo soporta y rápido la empuja al suelo. Ya en el piso, saca el enorme cuchillo que le cuelga de su cintura y, de un tajo, le corta la garganta.

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