Alopecia

por Denis Fortun

La muy loca colgó el teléfono repleta de satisfacción por la noticia de que iban a conversar. Fue hasta el espejo. Durante minutos pasó sus dedos con suavidad por mi dorada naturaleza córnea y cilíndrica, en lo que yo podía notar que tramaba algo definitivo. La muy loca, mordiéndose el labio inferior de manera lúbrica, se empieza a quitar la blusa muy suavemente. Imbécil, ahí estaba la muy loca, en medio de su deleite, pensando en ti, con esos senos firmes, perfectos, unas glándulas mamarias como no tuviste cerca en años, buscando las dos el cielo desde un pecho que sólo hace amarte. Luego de varios segundos mirándose, se dirigió al clóset para escoger un vestido capaz de acentuar sus delgadas, pero bien marcadas, curvas.

Cualquier arma para retenerte le parece pequeña, inservible, al considerar a su rival muy aventajado: esa Marinita, con la que estuviste desaparecido. Mi Yunisleydis sufre tu ausencia, y yo más con ella. Que en sólo diez días por tanto sufrimiento me caigo nada más ella me toque, y por culpa de tu ego desmedido, somos presa, ella y yo, de tu dicotomía Yuni-Marinita. Las dos hembras que son los extremos que han de formar parte del mismo cuerpo, su tapa y fondo, y que serán siempre dos polos irreconciliables.

 

De todas formas, me alegro que por fin los dos van en busca de la pacificación, y me alegro por Mi Yuni; a tu ser obviamente lo odio. Estarán frente al mar, bajo la protección de los dioses que manejan el azul misterio en todas sus dimensiones; al amparo de Yemallá Oloccun; de Kalunga, donde ganará ella, sin dudas, al macho cabrío.

Tú, mostrándote frágil, aparentando la más completa indefensión ante la vida, le pides mil perdones con los ojos repletos de lágrimas. Eres lo suficiente ladino como para saber que, una mujer como Yuni pierde su fortaleza cuando ve llorar a un hombre, y más, cuando la convenciste de que llorabas por ella, el nuevo amor, y por el lastre de uno viejo, retorcido, de insana dependencia, que aparecía para descompensarte y a su vez dar nuevas esperanzas. Marinita, que en su infinita compasión por ustedes, asegura que hará lo imposible por sacarlos de este país. Lo que no comentas, es que la muy sucia lo dice porque por su cabeza pasó la idea de que tú pudieses compartirla con ella.

Cínico, utilizas cualquier argumento con tal de salvarte y no hablas de tu real posibilidad de irte, porque tu madre en cualquier momento se va y tú luego irás con ella. Lo que te salva es el amor que Yuni te tiene, porque no cree una sola palabra. Te acepta como el mito maníaco en que te conviertes y únicamente la conmueve tu obsesión por el hijo que no conoces. Pero yo sé, tú vuelves con ella porque la susodicha Marinita se ha ido y se acaba el fajito de billetes verdes que te dejó. Y claro, estás desamparado por completo, te asustas, y Mi Yuni es buena, paciente, y te protege.

Le cuentas: “a los hombres el primer amor los marca como hierro sobre el pecho”. Que ella, Tu Yuni, es la cura, el perfecto bálsamo, pero que una recaída forma parte de cualquier proceso de recuperación. Que así pasa con los drogadictos y esa maldita criatura llegó a ser una adicción bien fuerte en tu vida. Que gracias a Dios ha sido corta la estancia de esta diabla que vino a trastornarlo todo.

Mierda, mucha mierda es la que hablas y nos inundas con tu verborrea seudo romántica, promesas “seudoacumplirse”, en lo que me tocas con delicadeza y le dices que no podrías vivir sin el aroma y color que tengo. Y me acaricias cerrando los ojos porque juras que me guardarás de esta manera en tu memoria, nada más por el placer de acordarte de lo bello, de lo brillante que soy, oro puro, por si un día nos alejamos. Temporalmente, porque descubriste con la venida de Marinita (y me pregunto a cuál de ellas te refieres) la total certeza de que sin mi-tu Yunisleydis no puedes estar, y yo soy parte inquebrantable de ella, y por consecuencia, de ti.

Por eso entiendo –a pesar del dolor que me causa tal acto– su venganza. Ahora, en lo que tú duermes plácidamente, por el sabor incomparable que da amarse en medio de una reconciliación, desnuda frente al espejo, tocándose la punta de sus hermosos senos, se acuerde de lo que decías frente al mar, y de mi belleza sobre todo: ardid que usaste para la reconquista; que yo, si apenas tomé en serio tu palabrería, a la que Yuni tampoco prestaba mucha atención porque ella únicamente se imaginaba encima de ti, a horcajadas, tal y como hicieron.

Pero una frase, cuando marca de manera subliminal, repiquetea en cualquier cabecita una y otra vez, y en su loca cabecita más. “Yuni, tú no necesitas ni siquiera ser hermosa para amarte como lo hago. La primera y única condición que preciso es que existas simplemente. Puede pasar lo inimaginable, mi amor te pertenece. Necesito verte”.

Ridículo, la supuesta confesión para conseguir la cita ha venido a dar al traste con mi existencia. Ella buscó tijeras, jabón, una vieja máquina de afeitar, que por sobre todo le va a raspar el cráneo, y el resultado ya lo verás cuando despiertes: la forzosa alopecia. Que por la sola intención de molestarte, de comprobar si tu amor es cierto y no requiere de su hermosura, de mi belleza, pues me elimina. A mí, razón de júbilo y contemplaciones desde la infancia, de gastos en exceso en medio de tanta escasez de productos para mantenerme brillante, y protegido además de las reiteradas epidemias de pediculosis. A mí, su hermoso manojo de cabellos rubios.

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1 comentario

  1. oye majo estas escribiendo unos cuentecitos que para que, de puta madre, leche, joder. Na tio, que estan buenos y los disfruto


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