Love story

Por Denis Fortun

Hubo una época en que me fascinaba entregármele lo más coqueta posible. De ahí que, al encontrarme el centavo, me decidí entonces por la cajita de polvo. Total, él se detenía en cosas donde la mera estética carece de interés, y su falta de confianza en sí mismo, su condenada murria, no pude soportarla al final. Sin embargo, para dejarlo tuve que apelar al poco juicio que me asistía, supongo hoy que por el instinto: el que te alerta siempre, y de maneras muy misteriosas, que no (debes) cruzar el límite. Y es que a lo novedoso, la mayoría de las veces, cuesta tiempo entenderse aunque luego desate una especie de lucha de contrarios; por supuesto, donde se presume que haya contrarios. Lo peor fue cuando confirmaron su resurrección. Desde entonces un grupo de extremistas lo persigue para practicarle profundos estudios genéticos, y sobre todo filosóficos. No descartan que un fenómeno de tal naturaleza se repita. Pero no confiesan que, a lo que más temen, es que la metamorfosis se produzca en masa. También nuestro callejeo marcaba un riesgo inútil. En fin, tal vez demasiadas cosas sin sentido.

Desde la última noche en que compartimos, y hasta hoy día, me despierto con terribles pesadillas; una sobre todo recurrente. Estoy acostada en una cama con sábanas muy blancas en medio de una habitación, igualmente pintada de blanco y limpia en exceso, la que está presidida por una mesa sobre cuya superficie se esparce un muestrario con cosas que no logro distinguir qué son en realidad. En una pared, justo frente a mí, cuelga una estampa. Se trata de una señora con un gorro de piel, y envuelta en sus hombros, lleva una boa –también de piel–. La mujer me mira con una cínica sonrisa. Es un rostro que me molesta y por consecuencia lo evito. Pretendo levantarme. Un hambre descomunal me corroe literalmente –en verdad, en el sueño lo que tengo son unas ganas enormes de beber leche; bañarme en leche si es preciso; la leche se me hace una idea fija y, lo peor, es que jamás he soportado tomar leche–, hasta que finalmente me incorporo para ir a bebérmela como una cucarcha sedienta. Sin embargo, mi cuerpo no me responde como acostumbra y me siento lenta.

La cama me atrapa en medio de una pulcritud que me infecta y un frío increíble me sacude. Es cuando me percato que mis patitas han desaparecido y en su lugar tengo dos brazos y dos piernas. Con mi nueva y abominable forma empiezo a gritar, y aparece él, con idéntico aspecto, transpirando una alegría que odio, sin preocuparse de la señora de la ilustración, que la veo como se revuelca de la risa, apuntándome con su dedo índice, afirmando que el marco dorado donde se encuentra atrapada lo fabricó el hombre que ahora intenta acostarse conmigo, porque, según él, yo me he vuelto una mujer hermosa –algo que me resulta repulsivo– (marco y foto, que de fragmentarse en el piso, lo reemplazarían inmediatamente por otro al descubrir que en realidad lo que el muestrario guarda son más fotos y más marcos). Sufro. Un raro estupor me domina. Al despertarme, siempre recuerdo a Pérez.

El señor Pérez me dio la ventaja de una existencia apacible. Claro, al aceptarlo desaparecieron mis extraordinarias aventuras, y con él, mi soberbia de biografiarme plena de temeridades. El que una cucarachita esté dispuesta a interpretar nuevas aristas en un rígido universo, sugiere que la identifiquen con ideas tendenciosas. He aquí el drama de una periplaneta común. Por eso acepté a mi nuevo pretendiente. Ese gris ratón, que a punto estuvo de matarlo la gula por la cebolla, representaba la garantía de saborear mi macrobiosis. Y es por eso que hoy descubro que fueron inútiles mis ganas de iniciar una lucha, la que considero abortada. No soy un contrario, y no debo olvidarme lo mismo que soy una cucaracha, en lo que él, en todo caso, se convirtió por elección. No, yo nací de esta forma, y no voy a ser la única cucaracha que no le rinde culto al sentido común: un inteligente estado anímico si te ves amenazada por un zapato dispuesto a aplastarte.

Lo vi por primera vez una noche en que yo buscaba alimentarme. Estaba muy lejos todavía el tiempo en que me iba a encontrar la moneda. Una mujer de cuerpo enjuto delante de mis “narices” tiró una caja, que además del buen susto que me provocó, me llamó la atención poderosamente por el tamaño. Cuál no fue mi asombro al descubrir que era una criatura muy parecida a mí. Acercándome con sumo cuidado, que un ortóptero de su talla y peso impresiona, noté que aún pertenecía al mundo de los vivos, su discreto llanto lo probaba. Meses más tarde me confesó que había aparentado su muerte por consideración a su hermana.

Yo lo acompañé mientras tuve el vigor necesario para seguirlo, con la esperanza de que entre nosotros pasara algo bueno y definitivo; incluso, lo hice sin tener en cuenta el caos que sobrevenía al topárselo cualquier humano, por lo que al principio de estar juntos quise mostrarle la ciudad por un poco de cortesía e igualmente por pavonearme con el resto de las cucarachas. Recuerdo que una vez por complacerlo, y sobre todo por satisfacer mi desmedido ego, acepté su pedido, muy amable por cierto, de que lo llevara a un almacén para retribuirle la visita al que fue su entrañable jefe. Pero no resultó como imaginamos, y al vernos nos agredieron de la peor manera. Y gritándonos epítetos ofensivos. Y rogándoles a Dios por ayuda, a punto estuvieron de aplastarnos. En cambio, contrario a estos recibimientos tan “cálidos” que nos sucedían casi por regla cuando nos tropezábamos con los humanos, hubo una ocasión, me atrevo a jurar la única, en que se nos aproximó un joven de treinta años, con exagerada cortesía, mal vestido, con una diminuta mochila en su mano izquierda y en la derecha un bastón nudoso. El sujeto, que me enteré después de presentarse y decirnos su nombre, un tanto raro, y que se resumía en una letra, la K creo, era un agrimensor importantísimo mandado a buscar por un Señor Conde a su Castillo. El pobre sujeto parecía estar resuelto a iniciar un parloteo que asumí no iba a interesarle a mi amado por lo soso de su aspecto. Y ya ves, para él resultó conmovedor desde la primera palabra que le dijo y nunca lo vi tan entusiasmado. Que en realidad se trató más bien de una pregunta: “Gregorio, ¿eres tú…?.

La ilustración de este cuento es de Elvira de las Casas. Un regalo que agradezco.

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4 comentarios

  1. Muy bueno el cuento, conciso y con buen final. Felicidades. Y de la ilustración, ¿qué te puedo decir? ¡Soberbia! ja ja ja!!!

  2. Denis, el anónimo que te observa tiene razón. El anterior y este son dos cuentos muy buenos. Claro, bien diferentes al resto de tu cronicas, que lo mismo son buenas. Un saludo

  3. Anónimo que me observa, le agradezco sus elogios y franqueza. Y sí, estos cuentos forman parte del “Libro de los Cocozapatos” y aunque el 102 porciento de las personas que me conocen y me aprecian, me han sugerido que le cambie el título al cuaderno, yo por el contrario me mantengo en mis trece y así lo dejo. Por supuesto no es una actitud obstinada, esto tiene su justificación y es por eso que si consigo a piblicar el libro este año, le recomiendo que lo compre y así usted, mi estimado comentador, al que repito, le agradezco sus comentarios, entenderá el por qué de mi canto; perdón, quise decir título. Gracias de nuevo y lo mejor prara vocé.

  4. Como el anterior, magnífico. Esto no tiene nada que ver con lo que has escrito antes, hay manejo y madurez. Disculpa la crítica no solicitada, pero cuando no me gustan las cosas no critico, por seriedad y respeto, así que creo que está bien si digo que me gustan estos cuentos.


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