El Rincón

Por Denis Fortun

A la edad de catorce años, un 17 de diciembre, un grupo de amigos fuimos por primera vez al santuario de San Lázaro -o el leprosorio, que después vino a convertirse en sanatorio para enfermos del SIDA-. Recuerdo que para ir desde Nuevo Vedado, cogimos el tren que salía en la terminal de Tulipán, repleto siempre, y al llegar al pequeño pueblo del Rincón, caminar hasta el sitio de obligada visita para aquellos que somos devotos del viejito bueno y milagroso; hacerlo en guagua -la 76, que salía de Ayestarán y terminaba viaje en Santiago de las Vegas- representaba demorarnos más por la cantidad de paradas y, a su vez, estábamos expuestos a recorrer mayor distancia. En una época en que, mostrarse como creyente guardaba sus riesgos, no dudamos en ningún momento realizar el viaje y salimos a las cuatro de la mañana del barrio pues, imaginábamos que iría mucha gente ese día.

Sin embargo, cualquier calculo quedó corto. Vimos con sorpresa que éramos miles los que nos dirigíamos al lugar: unos, vestidos con ropa hecha de tela de saco de yute, descalzos, con imágenes de San Lázaro en sus manos; algunos yendo de rodillas; otros arrastrándose, incluso desde distancias lejanas, asistidos por amigos que con escobas -mazos de escoba amarga- les limpiaban el camino y les daban agua; también los habían más moderados, que iban lo mismo a mostrar su agradecimiento al Santo, o a pedir; todos con fervor -para nada revolucionario-, entrega y, dato curioso, sin esa algarabía que siempre ha revestido cualquier aglomeración mayúscula en la Isla. Pero lo mas increíble para nosotros, resultó el hecho de encontrarnos con tanta gente que asistía sin que antes fuesen convocados por los “convocadores”. Por supuesto, las autoridades se mostraban, y aunque lo hacían de manera tranquila, nos dejaban claro que estaban ahí. Cientos de policías nos miraban con sospecha y nos dirigían por los lugares que debíamos caminar, y prohibían en los que no podíamos ni siquiera pararnos a tomar aire, excepto en los dos o tres camiones cisternas con agua -caliente- que ubicaron al borde de las aceras.

A las tres de la tarde por fin llegamos al barrio. Lo curioso es que, el viaje de regreso lo hicimos prácticamente callados. Los planes de jugar dominó, o echar un “taco”, quedaron para el día siguiente. Sin dudas, estábamos sorprendidos, y cierto orgullo nos cobijaba. Sabíamos que los miles de miles que allí fuimos, de cierta manera desobedecíamos ordenes.

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6 comentarios

  1. Anónimo de las 8 y 10 (o el numero 4) no le hagas caso al buen intencionado anónimo 3. Es cierto que, si bien me gusta subir fotos de gran tamaño, lo mismo tienes razón en lo lento que se hace bajar el blog. Acepto tu sugerencia y gracias por comentar. Y tú, Maurice, gracias igual por dejarme saber cuando publicas. Abrazos a los dos

  2. Esta bien. Es su blog. Yo solo le daba un consejo. Recuerda que hay gente que vienen aqui a traves de sus celulares. El blog estaba mejor antes, sin tantas fotos.

  3. chico, deja al denis que ponga la foto como le de la gana, a mi me gusta asi y al parecer a el le gusta tambien. debe ser que tu tienes un aparato viejo y por eso la lentitud. la foto es buena y me parece bien que la ponga grande. la que debe reducir hasta desparecer es la tuya

  4. Esas fotos grandes hacen mas lento descargar el blog. Menos es mas. No recargues el blog.

  5. buena cronica Denis, bueno que hayas abierto este blog. Un abrazo


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