Otra novela de Herbert George Wells

por Denis Fortún
jueves 20 de agosto del 2009 en Cuba Inglesa

En Cuba tenía la impresión de que los que finalmente lograban llegar a Miami, luego de un tiempo rejuvenecían. Miraba las fotos de aquellos que después de seis meses se retrataban aquí, en lugares bien bonitos, e imaginaba que se habían convertido en pasajeros de una suerte de máquina del tiempo. Los veía distintos, menos arrugados, más pulcros y “estirados”.

Hoy, de pura casualidad, me la encontré y la reconocí por sus ojos negros enormes y, además, porque fueron demasiadas las veces que me detenía en El Prado para disfrutarla desde lejos. Mariela es de esas mujeres que en nuestra juventud nos llaman la atención a todos de manera obsesiva, por su hermosura rayando en lo adorable. Asimismo, representaba un reto porque era casi imposible hablar con ella sobre el amor y los deseos que trae consigo a esa edad, en que el desenfreno es la única medida. Y no porque se tratara de una muchacha impertinente, con ínfulas de niña linda, que sin dudas se sabía apetecida. No, Mariela era dulce, bien simpática, y fue amiga de todos nosotros. Una chica que a muchos nos hacía la boca agua al saberla cerca, ya fuese caminando en una calle cualquiera, en la playa de Rancho Luna con aquellos bikinis que se ponía -estoy seguro que para hacernos sufrir-, en el cabaret del Jagua, tan elegante siempre. La hembra que, si uno contaba con la posibilidad de saberse aceptado, representaba un privilegio. Algo así como verle la ropa interior a Cristo (y me perdone el Señor por la imagen).

Sin embargo, Mariela estaba enamorada de un “sapingo” ajeno a la farándula provinciana. Un estudiosito traga libros con espejuelos plásticos, y hasta se casó con el imbécil. El tipo no era mal tipo, pero nos caía mal a la gran mayoría de los jodedores de la época sólo por haberse llevado “al agua”, y sin ningún esfuerzo, a uno de los “bocaditos” más apetecibles de Cienfuegos.

Hoy he visto en el aeropuerto a una Mariela flaca, envejecida, cansada, con miedo… Mariela junto a su esposo, el mismo “sapingo” de antaño, que ahora se ve enjuto y demacrado, con los mismos espejuelos, creo. Y noté que, al saludarme, una enorme pena la arrebujaba, al saberse vieja y decirme que yo me veía más joven, cuando en realidad soy mayor que ella cinco años. Por suerte, Mariela finalmente ha escapado de las profundidades de los Morlocks. Espero se recupere pronto. Lo mismo que su sapingo esposo.

De la serie Crónicas del Aeropuerto

Publicado por Cuba Inglesa en 16:00

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